Peculiar

– ¿Por qué llamas al servicio de habitaciones?

– Quiero pedir un sándwich para después. Es una tradición.

– ¿Cada vez que follas en un hotel pides un sándwich?

– Sí. Por varias razones. En primer lugar, me gusta respetar las tradiciones. Por lo menos las mías. En segundo lugar, porque así hay constancia, vía factura, de que he tenido algo de actividad carnal. De la que no ando sobrado, la verdad. Y, finalmente, porque tras el intercambio de fluidos me entra hambre.

– ¿Hambre después de follar? Eres un tipo muy peculiar…

– No creas que lo del hambre es motivado por mi asombroso y frenético despliegue. No soy un atleta sexual, desde luego. Lo vas a comprobar tu misma. Soy más bien como uno de esos gorditos de mediana edad que salen a correr un par de veces al mes y que ven la luz blanca al final del pasillo y desfilar la vida ante sus ojos cinco o seis veces a los tres minutos de empezar. Supongo que esa necesidad psicofisiológica es un mecanismo de defensa.

– ¿De qué?

– De las carcajadas que provoco a mi compañera de juegos eventual.

– Sentido del humor. Y rigor. Poco habitual en estos tiempos. Supongo que como eres tan metódico, siempre pedirás el mismo sándwich.

– No, en absoluto. Depende de la situación.

– ¿Cómo? ¿De qué situación?

– Vamos a ver. Voy a poner unos ejemplos basados en casos rigurosamente reales. Si la chica es un modelo promedio, de respuestas promedio, elijo un sándwich de pavo. Si es una rubia de bote que se queda dormida durante el coito, lo que toca es un sándwich de jamón y queso. Si es una funcionaria del Ministerio de Hacienda, con muchas tetas y pocos prejuicios, que engaña periódicamente a su marido, lo que corresponde es un sándwich de queso azul y salmón.Si es una morena de lustre internacional, que me eleva a las cumbre del placer con prácticas y técnicas aún no conocidas en Occidente, lo celebro con un sándwich de langosta, canónigos y mostaza de Dijon. Podría seguir con más casuística…

– No, no es necesario. Ya me hago una idea. ¿Y conmigo qué vas a pedir?

– Todavía no lo he decidido. Técnicamente hablando, no podría ordenar un sándwich. A ti te voy a pagar. Es la primera vez que lo hago. Soy libre y soberano. Podría festejarlo con un cocido lebaniego, o con un steak tartar. No sé… Se abren muchas opciones…

– Me dejas perpleja. Y no es habitual que un hombre lo consiga.

– Puede parecer caprichoso, o aleatorio, pero no lo es. Todo responde a una lógica interna.

– Desde luego que eres un tipo muy peculiar…

– Tienes toda la razón. Por cierto, antes de entrar en materia, si me acercas esa maleta te enseño mi colección de cuchillos.

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